jueves, 27 de octubre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
TÉCNICAS DE EXPRESIÓN 1
TÉCNICAS DE EXPRESIÓN 1: Recuerden muchachos que para mañana debemos volver a llevar los CARBONCILLOS, además debemos llevar también los PASTELES... y obviamente el pliego de PEPAEL PERIODICO (o PAPEL EDAD MEDIA) ... quisiera que dibujemos el trabajo de taller, así que por favor lleven lo que estén haciendo en taller para la clase de técnicas... FELIZ DIA PARA TODOS!!!!!
jueves, 13 de octubre de 2011
MATERIALES TECNICAS DE REPRESENTACIÓN
HOLA A TOD@S!!!
LOS MATERIALES PARA LA CLASE DE TÉCNICAS SON:
- CARBONCILLOS (OJALÁ VARIOS EN BARRA Y POR LO MENOS UNO EN LAPIZ)
- LIMPIATIPOS
- PAPEL PERIODICO (1 PLIEGO Y MEDIO)
LOS MATERIALES PARA LA CLASE DE TÉCNICAS SON:
- CARBONCILLOS (OJALÁ VARIOS EN BARRA Y POR LO MENOS UNO EN LAPIZ)
- LIMPIATIPOS
- PAPEL PERIODICO (1 PLIEGO Y MEDIO)
jueves, 1 de septiembre de 2011
jueves, 25 de agosto de 2011
MATERIALES TECNICAS DE REPRESENTACIÓN
Hola a tod@s!!!!!
les escribo para contarles sobre los materiales para la clase de Técnicas de este viernes.
Necesitaremos Los Lapices de Colores y los Lapices, como en la clase anterior, medio pligo de papel bond y un cuarto de pliego de papel durex (del más delgado).
Nos vemos el viernes.
les escribo para contarles sobre los materiales para la clase de Técnicas de este viernes.
Necesitaremos Los Lapices de Colores y los Lapices, como en la clase anterior, medio pligo de papel bond y un cuarto de pliego de papel durex (del más delgado).
Nos vemos el viernes.
lunes, 22 de agosto de 2011
Martin Heidegger: CONSTRUIR, HABITAR, PENSAR
En lo que sigue intentamos pensar sobre el habitar y el construir.
Este pensar sobre el construir no tiene la pretensión de encontrar ideas sobre la construcción, ni menos dar reglas sobre cómo construir. Este ensayo de pensamiento no presenta en absoluto el construir a partir de la arquitectura, ni de la técnica, sino que va a buscar el construir en aquella región a la que pertenece todo aquello que es. Nos preguntamos:
1.° ¿Qué es habitar?
2.° ¿En qué medida el construir pertenece al habitar?
- I -
Al habitar llegamos, así parece, solamente por medio del construir. Éste, el construir, tiene a aquél, el habitar, como meta.
Sin embargo, no todas las construcciones son moradas. Un puente y el edificio de un aeropuerto; un estadio y una central energética; una estación y una autopista; el muro de contención de una presa y la nave de un mercado son construcciones pero no viviendas. Sin embargo, las construcciones mencionadas están en la región de nuestro habitar. Esta región va más allá de esas construcciones. Por otro lado, sin embargo, la región no se limita a la vivienda. Para el camionero la autopista es su casa, pero no tiene allí su alojamiento; para una obrera de una fábrica de hilados, ésta es su casa, pero no tiene allí su vivienda; el ingeniero que dirige una central energética está allí en casa, sin embargo no habita allí.
Estas construcciones albergan al hombre. Él mora en ellas, y sin embargo no habita en ellas, si habitar significa únicamente tener alojamiento. En la actual falta de viviendas, tener donde alojarse es ciertamente algo tranquilizador y reconfortante; las construcciones destinadas a servir de vivienda proporcionan ciertamente alojamiento. Hoy en día pueden incluso tener una buena distribución, facilitar la vida práctica, tener precios asequibles, estar abiertas al aire, la luz y el sol; pero: ¿albergan ya en sí la garantía de que acontezca un habitar ?
Por otra parte, sin embargo, aquellas construcciones que no son viviendas no dejan de estar determinadas a partir del habitar en la medida en que sirven al habitar de los hombres. Así pues, el habitar sería, en cada caso, el fin que persigue todo construir. Habitar y construir están, el uno con respecto al otro, en la relación de fin a medio.
Ahora bien, mientras únicamente pensemos esto estamos tomando el habitar y el construir como dos actividades separadas, y en esto estamos representando algo que es correcto. Sin embargo, al mismo tiempo, con el esquema medio-fin estamos desfigurando las relaciones esenciales. Porque construir no es sólo medio y camino para el habitar. El construir ya es, en sí mismo, habitar. ¿Quién nos dice esto? ¿Quién puede darnos una medida con la cual nos sea factible medir de un cabo al otro la esencia del habitar y el construir?
La exhortación sobre la esencia de una cosa nos viene del lenguaje, en el supuesto de que prestemos atención a la esencia de este lenguaje. Sin embargo, mientras tanto, por el orbe de la tierra corre una desenfrenada carrera de escritos y de emisiones de lo hablado. El hombre se comporta como si fuera él el forjador y el dueño del lenguaje, cuando en realidad es el lenguaje el que es y ha sido siempre el señor del hombre. Tal vez, más que cualquier otra cosa, la inversión, llevada a cabo por el hombre, de esta relación de dominio es lo que empuja a la esencia del lenguaje a lo no hogareño. El hecho de que nos preocupemos por la corrección en el hablar está bien, sin embargo no sirve para nada mientras el lenguaje siga sirviendo únicamente como un medio para expresarnos. De entre todas las exhortaciones que nosotros, los humanos, podemos traer desde nosotros al hablar, el lenguaje es la suprema y la que en todas partes es la primera.
¿Qué significa entonces construir? La palabra del alto alemán antiguo correspondiente a construir, buan, significa habitar. Esto quiere decir: permanecer, residir. El significado propio del verbo bauen (construir), es decir, habitar, lo hemos perdido. Una huella escondida ha quedado en la palabra Nachbar (vecino). El Nachbar es el Nachgebur, el Nachgebauer, aquel que habita en la proximidad. Los verbos buri, büren, beuren, beuron significan todos el habitar, el habitat.
Ahora bien, la antigua palabra buan, ciertamente, no dice solamente que construir es propiamente habitar, sino que a la vez nos da una indicación sobre cómo debemos pensar el habitar que ella nombra. Cuando hablamos de morar, nos representamos generalmente una forma de conducta que el hombre lleva a cabo junto con otras muchas. Trabajamos aquí y habitamos allí. No sólo habitamos — esto casi sería inactividad — tenemos una profesión, hacemos negocios, viajamos y estando de camino habitamos, ahora aquí, ahora allí. Construir (bauen) significa originariamente habitar. Allí donde la palabra construir habla todavía de un modo originario dice al mismo tiempo hasta dónde llega la esencia del habitar. Bauen, buan, bhu, beo es nuestra palabra «bin» («soy») en las formas ich bin, du bist (yo soy, tú eres), la forma de imperativo bis, sei, (sé). Entonces ¿qué significa ich bin (yo soy)? La antigua palabra bauen, con la cual tiene que ver bin, contesta: «ich bin», «du bist» quiere decir: yo habito tú habitas. El modo como tú eres, yo soy, la manera según la cual los hombres somos en la tierra es el Buan, el habitar.
Ser hombre significa: estar en la tierra como mortal, significa: habitar. La antigua palabra bauen significa que el hombre es en la medida en que habita; la palabra bauen significa al mismo tiempo abrigar y cuidar; así, cultivar (construir) una tierra de labranza (einen Acker bauen), cultivar (construir) una viña. Este construir sólo cobija el crecimiento que, por si mismo, hace madurar sus frutos.
Construir, en el sentido de abrigar y cuidar, no es ningún producir. La construcción de buques y de templos, en cambio, produce en cierto modo ella misma su obra. El construir (bauen) aquí, a diferencia del cuidar, es un erigir. Los dos modos del construir — construir como cuidar, en latín collere, cultura; y construir como levantar edificios, aedificare — están incluidos en el propio construir, habitar. El construir como el habitar — es decir, estar en la tierra, para la experiencia cotidiana del ser humano — es desde siempre, como lo dice tan bellamente la lengua, lo «habitual». De ahí que se retire detrás de las múltiples maneras en las que se lleva a cabo el habitar; detrás de las actividades del cuidar y edificar. Luego, estas actividades reivindican el nombre de construir y con él la cosa que este nombre designa. El sentido propio del construir — a saber: el habitar — cae en el olvido.
Este acontecimiento parece al principio como si fuera un simple proceso dentro del cambio semántico que tiene lugar únicamente en las palabras. Sin embargo, en realidad se oculta ahí algo decisivo, a saber: el habitar no es vivenciado como atinente al el ser del hombre; el habitar no se piensa nunca plenamente como rasgo fundamental del ser del hombre.
Sin embargo, el hecho de que el lenguaje, por así decirlo, retire al significado propio de la palabra construir, el habitar testifica lo originario de estos significados; porque en las palabras esenciales del lenguaje, lo que éstas dicen propiamente cae fácilmente en el olvido a expensas de lo que ellas mienten en primer plano. El misterio de este proceso es algo que el hombre apenas ha considerado aún. El lenguaje le retira al hombre lo que el lenguaje, en su decir, tiene de simple y grande. Pero no por ello enmudece la exhortación inicial del lenguaje. Simplemente guarda silencio. El hombre, no obstante, deja de prestar atención a este silencio.
Pero si escuchamos lo que el lenguaje dice en la palabra construir, oiremos tres cosas:
1.° Construir es propiamente habitar.
2.° El habitar es la manera en que los mortales son en la tierra.
3.° El construir como habitar se despliega en el construir que cuida — es decir: que cuida el crecimiento — y en el construir que levanta edificios.
Si pensamos estas tres cosas, percibiremos una señal y observaremos esto: lo que sea en su esencia construir edificios es algo sobre lo que no podemos preguntar ni siquiera de un modo suficiente, y no hablemos de decidirlo de un modo adecuado a la cuestión, mientras no pensemos que todo construir es en sí un habitar. No habitamos porque hemos construido, sino que construimos y hemos construido en la medida en que habitamos, es decir, en cuanto que somos los que habitan. Pero ¿en qué consiste la esencia del habitar?
Escuchemos una vez más la exhortación del lenguaje: el antiguo sajón «wuon» y el gótico «wunian» significan, al igual que la antigua palabra bauen, el permanecer, el residir. [1] Pero la palabra gótica «wunian» dice de un modo más claro cómo se experiencia este permanecer. «Wunian» significa: estar satisfecho (en paz); llevado a la paz, permanecer en ella. La palabra paz (Friede) significa lo libre, das Frye, y fry significa: preservado de daño y amenaza; "preservado de...", es decir: cuidado. Freien (liberar) significa propiamente: cuidar.
El cuidar, en sí mismo, no consiste únicamente en no hacerle nada a lo cuidado. El verdadero cuidar es algo positivo, y acontece cuando de antemano dejamos a algo en su esencia, cuando propiamente realbergamos algo en su esencia; cuando, en correspondencia con la palabra, lo rodeamos de una protección, lo ponemos a buen recaudo. Habitar, haber sido llevado a la paz, quiere decir: permanecer a buen recaudo, resguardado en lo frye, lo libre, es decir: en lo libre que cuida toda cosa llevándola a su esencia. El rasgo fundamental del habitar es este cuidar (custodiar, velar por). Este rasgo atraviesa el habitar en toda su extensión. Así, dicha extensión nos muestra que pensamos que el ser del hombre descansa en el habitar, y descansa en el sentido del residir de los mortales en la tierra.
Pero «en la tierra» significa «bajo el cielo». Ambas cosas co-significan «permanecer ante los divinos» e incluyen un «perteneciendo a la comunidad de los hombres». Desde una unidad originaria los cuatro — tierra, cielo, los divinos y los mortales — pertenecen a una unidad.
La tierra es la que, sirviendo, sostiene; la que floreciendo da frutos; extendida en riscos y aguas, abriéndose en forma de plantas y animales. Cuando decimos "tierra", con ella estamos pensando ya los otros Tres, pero, no obstante, no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
El cielo es el camino arqueado del sol, el curso de la luna en sus distintas fases, el resplandor ambulante de las estrellas, las estaciones del año y el paso de una a la otra. Es la luz y el crepúsculo del día, la oscuridad y la claridad de la noche, lo hospitalario y lo inhóspito del tiempo que hace, el paso de las nubes y el azul profundo del éter. Cuando decimos "cielo", estamos pensando con él los otros Tres, pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
Los divinos son los mensajeros de la divinidad que nos hacen señales. Desde el sagrado prevalecer de la divinidad aparece el Dios en su presente o se retira en su velamiento. Cuando nombramos a los divinos, estamos pensando en los otros Tres, pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
Los mortales son los hombres. Se llaman mortales porque pueden morir. Morir significa ser capaz de la muerte como muerte. Sólo el hombre muere — y además de un modo permanente — mientras está en la tierra, bajo el cielo, ante los divinos. Cuando nombramos a los mortales, estamos pensando en los otros Tres pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro.
Esta unidad de los Cuatro la llamamos la Cuaternidad. Los mortales están en la Cuaternidad al habitar. Pero el rasgo fundamental del habitar es el cuidar (velar por). Los mortales habitan en el modo como cuidan la Cuaternidad en su esencia. Este cuidar que habita es, así, cuádruple.
Los mortales habitan en la medida en que salvan la tierra — retten (salvar, rescatar), la palabra tomada en su antiguo sentido, que conocía aún Lessing. La salvación no sólo arranca algo de un peligro. Salvar significa propiamente: franquearle a algo la entrada a su propia esencia. Salvar la tierra es más que explotarla o incluso estropearla. Salvar la tierra no es adueñarse de la tierra; no es hacerla nuestro súbdito, de donde sólo un paso conduce a la explotación sin límites.
Los mortales habitan en la medida en que reciben el cielo como cielo; en la medida en que dejan al sol y a la luna seguir su viaje, a las estrellas su ruta, a las estaciones del año su bendición y su injuria; en la medida en que no convierten la noche en día, ni hacen del día una carrera sin reposo.
Los mortales habitan en la medida en que esperan a los divinos como divinos. En la medida en que, esperando, sosteniéndolos lo inesperado, van al encuentro de ellos y esperan las señas de su advenimiento sin desconocer los signos de su ausencia. En la medida en que no se hacen sus dioses ni practican el culto a ídolos. En la medida en que, en la desgracia, esperan aún la salvación que se les ha quitado.
Los mortales habitan en la medida en que conducen su esencia propia — ser capaces de la muerte como muerte — usando esta capacidad para que sea una buena muerte. Conducir a los mortales a la esencia de la muerte no significa en absoluto poner como meta la muerte en tanto que nada vacía. Tampoco quiere decir ensombrecer el habitar con una mirada ciega, dirigida fijamente al fin.
En el salvar la tierra, en el recibir el cielo, en la espera de los divinos, en la conducción de los mortales, acontece de un modo propio el habitar como el cuádruple cuidar (velar por) de la Cuaternidad. Cuidar (velar por) quiere decir: custodiar la Cuaternidad en su esencia. Lo que se toma en custodia tiene que ser albergado. Pero, si el habitar cuida la Cuaternidad ¿dónde guarda (custodia) el habitar su propia esencia? ¿Cómo llevan a cabo los mortales el habitar en la forma de este cuidar? Los mortales no serían nunca capaces de esto si el habitar fuera únicamente un residir en la tierra, bajo el cielo, ante los divinos, con los mortales. El habitar es más bien siempre un residir junto a las cosas. El habitar como cuidar guarda (custodia) la Cuaternidad en aquello junto a lo cual los mortales residen: en las cosas.
Pero el residir junto a las cosas no es algo que esté simplemente añadido como un quinto elemento al carácter cuádruple del cuidar del que hemos hablado. Al contrario: el residir junto a las cosas es la única manera como se lleva a cabo siempre, de un modo unitario, la cuádruple residencia en la Cuaternidad. El habitar cuida la Cuaternidad llevando la esencia de ésta a las cosas.
Ahora bien, las cosas mismas albergan la Cuaternidad sólo cuando ellas mismas, en tanto que cosas, son dejadas en su esencia. ¿Cómo ocurre esto? De esta manera: los mortales abrigan y cuidan las cosas que crecen, erigen propiamente las cosas que no crecen. El cuidar y el erigir es el construir en el sentido estricto. El habitar, en la medida en que guarda (custodia) a la Cuaternidad en las cosas, es, en la medida de este guardar (custodiar), un construir. Con ello nos hemos puesto en camino hacia la segunda pregunta:
- II -
¿En qué medida el construir pertenece al habitar?
La contestación a esta pregunta aclara lo que es propiamente el construir pensado desde la esencia del habitar. Al construir, en el sentido de edificar cosas, nos limitamos y preguntamos: ¿qué es una cosa construida? Sirva como ejemplo para nuestra reflexión un puente.
El puente se tiende «ligero y fuerte» por encima de la corriente. No junta sólo dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. El puente es propiamente lo que deja que una yazga frente a la otra. Es por el puente por el cual el otro lado se opone al primero. Las orillas tampoco discurren a lo largo de la corriente como franjas fronterizas indiferentes de la tierra firme. El puente, con las orillas, le aporta a la corriente las dos extensiones de paisaje que se encuentran detrás de estas orillas. Lleva la corriente, las orillas y la tierra a una vecindad recíproca. El puente coliga la tierra como paisaje en torno a la corriente. De este modo conduce a ésta por las riberas. Los pilares del puente, que descansan en el lecho del río, aguantan la presión de los arcos que dejan seguir su camino a las aguas de la corriente. Tanto si las aguas avanzan tranquilas y alegres, como si las lluvias del cielo, en las tormentas o en el deshielo, se precipitan en olas furiosas contra los arcos, el puente está preparado para los tiempos del cielo y la esencia voluble de estos tiempos. Incluso allí donde el puente cubre el río, el puente mantiene la corriente dirigida al cielo, recibiéndola por unos momentos en el vano de sus arcos y soltándola de nuevo.
El puente deja a la corriente su curso y al mismo tiempo garantiza a los mortales su camino, para que vayan de un país a otro, a pie, en tren o en coche. Los puentes conducen de distintas maneras. El puente del poblado lleva del recinto del castillo a la plaza de la catedral. El puente de la cabeza de distrito, atravesando el río, lleva a los coches y las caballerías enganchadas a ellos a los pueblos de los alrededores. El viejo puente de piedra que, casi sin hacerse notar, cruza el pequeño riachuelo es el camino por el que pasa el carro de la cosecha, desde los campos al pueblo; lleva a la carreta de madera desde el sendero a la carretera. El puente que atraviesa la autopista está conectado a la red de rutas de larga distancia; una red establecida según cálculos y que debe lograr la mayor velocidad posible. Siempre, y cada vez de un modo distinto, el puente acompaña de un lado para otro los caminos vacilantes y apresurados de los hombres, para que lleguen a las otras orillas y finalmente, como mortales, lleguen al otro lado. El puente, en arcos pequeños o grandes, atraviesa río y barranco — tanto si los mortales prestan atención a lo superador del camino por él abierto como si se olvidan de él — para que, siempre, ya de camino hacia el último puente, en el fondo aspiren a superar lo que les es habitual y aciago, y de este modo se pongan ante la salvación de lo divino. El puente reúne, como el paso que se lanza al otro lado, conduciendo ante los divinos. Tanto si la presencia de éstos está considerada de propio y agradecida de un modo visible, en la figura del santo del puente, como si queda ignorada o incluso arrumbada.
El puente coliga según su manera junto a sí, tierra y cielo; los divinos y los mortales.
Según una vieja palabra de nuestra lengua, a la coligación se la llama «thing». [2] El puente es una cosa y lo es en función de la coligación de la Cuaternidad que hemos caracterizado antes. Se piensa, ciertamente, que el puente, ante todo y en su ser propio, es sin más un puente. Y que luego, de un modo ocasional, podrá expresar además distintas cosas, con lo cual se dice que se convierte en símbolo, como ejemplo de todo lo que antes se ha nombrado. Pero el puente, si es un auténtico puente, no es nunca primero puente sin más y luego un símbolo. Y del mismo modo, tampoco es de antemano sólo un símbolo en el sentido de expresar algo que, tomado de un modo estricto, no pertenece a él. Si tomamos el puente en sentido estricto, el mismo no se muestra nunca como expresión. El puente es una cosa y sólo eso. ¿Sólo? Pues no: en tanto es cosa, coliga la Cuaternidad.
Nuestro pensar está habituado desde hace mucho tiempo a estimar la esencia de la cosa de un modo demasiado pobre. En el curso del pensar occidental esto tuvo como consecuencia que a la cosa se la representara como un ignotum X afectado por propiedades percibibles. Visto desde esta perspectiva, todo aquello que pertenece ya a la esencia coligante de esta cosa nos parece, ciertamente, como un aditamento introducido posteriormente por la interpretación. Sin embargo, el puente no sería nunca un puente sin más, si no fuera una cosa.
El puente es, ciertamente, una cosa de un tipo propio, porque coliga la Cuaternidad de tal modo que otorga (hace sitio a) un paraje. Pero sólo puede abrir un espacio a un paraje aquello que en sí mismo es un lugar . El lugar no está ya presente antes del puente. Es cierto que antes de que esté puesto el puente, a lo largo de la corriente hay muchos sitios que pueden ser ocupados por algo. De entre ellos uno se da como un lugar, y esto ocurre por el puente. De este modo, pues, no es el puente el que primero viene a estar en un lugar, sino que por el puente mismo, y sólo por él, surge un lugar. El puente es una cosa; coliga la Cuaternidad, pero coliga en el modo del otorgar (hacer sitio a) a la Cuaternidad un paraje. Desde esta paraje se determinan parajes de pueblos y caminos por los que a un espacio se le hace espacio.
Las cosas que son lugares de este modo, y sólo ellas, otorgan cada vez espacios. Lo que esta palabra «Raum» (espacio) nombra lo dice su viejo significado: raum, rum quiere decir lugar franqueado para población y campamento.
Un espacio es algo aviado (espaciado), algo a lo que se le ha franqueado espacio, o sea dentro de una frontera, en griego "péras".
La frontera no es aquello en lo que termina algo, sino, como sabían ya los griegos, aquello a partir de donde algo comienza a ser lo que es (comienza su esencia). Para esto está el concepto: "orimos", es decir, frontera. Espacio es esencialmente lo dispuesto (aquello a lo que se ha hecho espacio), lo que se ha dejado entrar en sus fronteras. Lo espaciado es cada vez otorgado y de este modo ensamblado es decir, coligado por medio de un lugar, es decir, por una cosa del tipo puente. De ahí que los espacios reciban su esencia desde lugares y no desde «el» espacio.
A las cosas que, como lugares, otorgan paraje las llamaremos ahora, anticipando lo que diremos luego: construcciones. Se llaman así porque están producidas por el construir que erige. Pero qué tipo de producir tiene que ser este construir es algo que experienciaremos sólo si primero consideramos la esencia de aquellas cosas que, desde sí mismas, exigen para su producción el construir como producir. Estas cosas son lugares que otorgan paraje a la Cuaternidad, un paraje que dispone siempre un espacio. En la esencia de estas cosas como lugares está la relación de lugar y espacio, pero está también la referencia del espacio al hombre que reside junto al lugar. Por esto vamos a intentar ahora aclarar la esencia de estas cosas que lamamos construcciones considerando brevemente lo que sigue.
Primero: ¿en qué referencia están lugar y espacio?, y luego: ¿cuál es la relación entre hombre y espacio?
El puente es un lugar. Como tal cosa otorga un espacio en el que están admitidos tierra y cielo, los divinos y los mortales. El espacio otorgado por el puente (al que el puente ha hecho sitio) contiene distintos parajes, más cercanos o más lejanos del puente. Pero estos parajes se dejan estimar ahora corno meros sitios entre los cuales hay una distancia medible, una distancia — en griego "stadion" — es siempre algo a lo que se ha dispuesto (se ha hecho espacio), y esto por meros emplazamientos.
Aquello que los sitios han dispuesto es un espacio de un determinado tipo. Es, en tanto que distancia, lo que la misma palabra stadion nos dice en latín: un «spatium», un espacio intermedio. De este modo, cercanía y lejanía entre hombres y cosas pueden convertirse en meros alejamientos, en distancias del espacio intermedio. En un espacio que está representado sólo como spatium el puente aparece ahora como un mero algo que está en un emplazamiento, el cual siempre puede estar ocupado por algo distinto o reemplazado por una marca. No sólo eso: desde el espacio como espacio intermedio se pueden sacar las simples extensiones según altura, anchura y profundidad. Esto, abstraído así — en latín abstractum — lo representamos como la pura posibilidad de las tres dimensiones. Pero lo que esta pluralidad dispone no se determina ya por distancias, no es ya ningún spatium, sino sólo extensio, extensión.
El espacio como extensio puede ser objeto de otra abstracción, a saber, puede ser abstraído a relaciones analítico-algebraicas. Lo que éstas disponen es la posibilidad de la construcción puramente matemática de pluralidades con todas las dimensiones que se quieran. A esto que las matemáticas han dispuesto podemos llamarlo «el» espacio. Pero «el» espacio en este sentido no contiene espacios ni parajes. En él no encontraremos nunca lugares, es decir, cosas del tipo de un puente. Ocurre más bien lo contrario: en los espacios que han sido dispuestos por los lugares está siempre el espacio como espacio intermedio, y en éste, a su vez, el espacio como pura extensión. Spatium y extensio dan siempre la posibilidad de espaciar cosas y de medir (de un cabo al otro) estas cosas según distancias, según trechos, según direcciones, y de calcular estas medidas. Sin embargo, en ningún caso estos números-medida y sus dimensiones, por el solo hecho de que se puedan aplicar de un modo general a todo lo extenso, son ya el fundamento de la esencia de los espacios y lugares que son medibles con la ayuda de las Matemáticas. Hasta qué punto la Física moderna ha sido obligada por la cosa misma a representar el medio espacial del espacio cósmico como unidad de campo que está determinada por el cuerpo como centro dinámico, es algo que no puede ser dilucidado aquí.
Los espacios que nosotros estamos atravesando todos los días están dispuestos por los lugares; la esencia de éstos tiene su fundamento en cosas del tipo de las construcciones. Si prestamos atención a estas referencias entre lugares y espacios, entre espacios y espacio, obtendremos un punto de apoyo para considerar la relación entre hombre y espacio.
Cuando se habla de hombre y espacio, oímos esto como si el hombre estuviera en un lado y el espacio en otro. Pero el espacio no es un enfrente del hombre, no es ni un objeto exterior ni una vivencia interior. No existen los hombres y además espacio. Porque cuando digo «un hombre» y pienso con esta palabra en aquél que es al modo humano — es decir: que habita — entonces con la palabra «un hombre» ya estoy nombrando la residencia en la Cuaternidad, junto a las cosas.
Incluso cuando tenemnos que ver con cosas que no están en la cercanía que puede alcanzar la mano, residimos junto a estas cosas mismas. No representamos las cosas lejanas meramente — como se enseña — en nuestro interior, de tal modo que, como sustitución de estas cosas lejanas, en nuestro interior y en la cabeza, sólo pasan representaciones de ellas. Si ahora nosotros — todos nosotros — , desde aquí pensamos el viejo puente de Heidelberg, el dirigir nuestro pensamiento a aquel lugar no es ninguna mera vivencia que se dé en las personas presentes aquí; lo que ocurre más bien es que a la esencia de nuestro pensar en el mencionado puente pertenece el hecho de que este pensar aguante en sí la lejanía con respecto a este lugar. Desde aquí estamos junto a aquel puente de allí, y no, como si dijéramos, junto a un contenido de representación que se encuentra en nuestra conciencia. Incluso puede que desde aquí estemos más cerca de aquel puente y de aquello que él dispone, que aquellos que lo usan todos los días como algo indiferente para pasar el río.
Los espacios y con ellos «el» espacio están ya siempre dispuestos para la residencia de los mortales. Los espacios se abren por el hecho de que se los deja entrar en el habitar de los hombres. Los mortales son; esto quiere decir: habitando aguantan espacios sobre el fundamento de su residencia junto a cosas y lugares. Y sólo porque los mortales, conforme a su esencia, aguantan espacios, pueden atravesar espacios. Sin embargo, al andar no abandonamos aquel estar (del aguantar). Más bien estamos yendo por espacios de un modo tal que, al hacerlo, ya los aguantamos residiendo siempre junto a lugares y cosas cercanas y lejanas. Cuando me dirijo a la salida de la sala, estoy ya en esta salida, y no podría ir allí si yo no fuera de tal forma que ya estuviera allí. Yo nunca estoy solamente aquí como este cuerpo encapsulado, sino que estoy allí, es decir, aguantando ya el espacio, y sólo así puedo atravesarlo.
Incluso cuando los mortales «entran en sí mismos» no abandonan la pertenencia a la Cuaternidad. Cuando nosotros — como se dice — meditamos sobre nosotros mismos, vamos hacia nosotros volviendo de las cosas, sin abandonar la residencia junto a las cosas. Incluso la pérdida de relación con las cosas que aparecen en estados depresivos, no sería posible en absoluto si este estado no siguiera siendo lo que él es como estado humano, es decir, una residencia junto a las cosas. Sólo si esta residencia ya determina al ser del hombre, pueden las cosas, junto a las cuales estamos, llegar a no decirnos nada, a no importarnos ya nada.
La relación del hombre con los lugares y, a través de los lugares, con espacios descansa en el habitar. El modo de habérselas de hombre y espacio no es otra cosa que el habitar pensado de un modo esencial.
Cuando reflexionamos, del modo como hemos intentado hacerlo, sobre la relación entre lugar y espacio, pero también sobre el modo de habérselas de hombre y espacio, se hace una luz sobre la esencia de las cosas que son lugares y que nosotros llamamos construcciones.
El puente es una cosa de este tipo. El lugar deja entrar la simplicidad de tierra y cielo, de divinos y de mortales a un paraje, instalando el paraje en espacios. El lugar dispone la Cuaternidad en un doble sentido. El lugar admite a la Cuaternidad e instala a la Cuaternidad. Ambos, es decir, disponer como admitir y disponer como instalar se pertenecen el uno al otro. Como tal doble disponer, el lugar es un cobijo de la Cuaternidad o, como dice la misma palabra, un Huis, [3] una casa. Las cosas del tipo de estos lugares dan una casa a la residencia del hombre. Las cosas de este tipo son viviendas, pero no moradas en el sentido estricto.
El producir tales cosas es el construir. Su esencia descansa en que esto corresponde al tipo de estas cosas. Son lugares que otorgan espacios. Por esto, el construir, porque instala lugares, es un instituir y ensamblar de espacios. Como el construir produce lugares, con la inserción de sus espacios, el espacio como spatium y como extensio llega necesariamente también al ensamblaje cósico de las construcciones. Ahora bien, el construir no configura nunca «el» espacio. Ni de un modo inmediato ni de un modo mediato. Sin embargo, el construir, al producir las cosas como lugares, está más cerca de la esencia de los espacios y del provenir esencial «del» espacio que toda la Geometría y las Matemáticas. Este construir erige lugares que disponen un paraje a la Cuaternidad. De la simplicidad en la que tierra y cielo, los divinos y los mortales se pertenecen mutuamente, el construir recibe la indicación para su erigir lugares.
Desde la Cuaternidad, el construir se hace cargo de las medidas para toda medición transversal de los espacios y para toda medición de aquellos espacios que están individualmente dispuestos por los lugares instituidos. Las construcciones mantienen (custodian) a la Cuaternidad. Son cosas que, a su modo, cuidan (velan por) la Cuaternidad. Cuidar la Cuaternidad, salvar la tierra, recibir el cielo, estar a la espera de los divinos, guiar a los mortales, este cuádruple cuidar es la esencia simple del habitar. De este modo, las auténticas construcciones marcan el habitar llevándolo a su esencia y brindan una casa a esta esencia.
Este construir que acabamos de caracterizar es un dejar-habitar distinto de los demás. Si es esto de hecho, entonces el construir ha correspondido ya a la exhortación de la Cuaternidad. Sobre esta correspondencia se basa todo planificar el cual, por su parte, brinda a los proyectos las zonas adecuadas para sus líneas directrices.
Desde el momento en que intentamos pensar, desde el dejar-habitar, la esencia del construir que erige, experimentamos de un modo más claro dónde descansa aquel producir como una actividad cuyos rendimientos tienen por consecuencia un resultado: la construcción terminada. Se puede representar el producir de la siguiente manera: uno aprehende algo concreto y, no obstante, no acierta nunca con su esencia, que es algo traído que se pone delante. En efecto, el construir trae la Cuaternidad llevándola a una cosa — el puente — y pone la cosa delante como un lugar llevándolo a lo ya existente, que ahora, y no antes, está dispuesto por este lugar.
Producir (hervorbringen)[4] se dice en griego "tekhu". A la raíz tec de este verbo pertenece la palabra "tekhne", técnica. Este concepto, para los griegos, no significa ni arte ni oficio manual sino: dejar que algo — como esto o aquello, de un modo o de otro — aparezca en lo presente. Los griegos piensan la "tekhne", el producir, como un "dejar aparecer". La "tekhne" que hay que pensar así se oculta desde hace mucho tiempo en la tecnología de la arquitectura. Últimamente se oculta aún, y de un modo más decisivo, en la tecnología de los motores. Pero la esencia del producir que construye no se puede pensar de un modo suficiente a partir del arte de construir, ni de la ingeniería, ni de una mera copulación de ambas. El producir que construye tampoco estaría determinado de un modo adecuado si quisiéramos pensarlo en el sentido de la "tekhne" griega originaria sólo como un "dejar aparecer" que trae algo producido, como algo presente en lo ya está presente.
La esencia del construir es el dejar habitar. La consumación de la esencia del construir es el erigir lugares por medio del ensamblamiento de sus espacios. Sólo si somos capaces de habitar podemos construir. Pensemos por un momento en una casa de campo en la Selva Negra que un habitar todavía rural construyó hace siglos. Aquí a la casa la ha erigido el ejercicio reiterado de la capacidad de dejar que tierra y cielo, divinos y mortales entren simplemente en las cosas. Ha emplazado la casa en la ladera de la montaña que está a resguardo del viento, entre las praderas, en la cercanía de la fuente. Le ha dejado el tejado de tejas de gran alero, el cual, con la inclinación adecuada, sostiene el peso de la nieve y, llegando hasta muy abajo, protege las habitaciones contra las tormentas de las largas noches de invierno. No ha olvidado el rincón para la imagen de Nuestro Señor, detrás de la mesa comunitaria. Ha dispuesto en la habitación los lugares sagrados para el nacimiento y para «el árbol de la muerte», que así es como se llama allí al ataúd. Y de este modo, bajo el tejado, a las distintas edades de la vida les ha marcado de antemano la huella de su paso por el tiempo. A la casa de campo la ha construido un oficio que surgió, él mismo, del habitar. Un oficio que necesita, además, sus instrumentos y sus andamios como cosas.
Sólo si somos capaces de habitar podemos construir. La indicación de la casa de campo de la Selva Negra no quiere decir en modo alguno que deberíamos, y podríamos, volver a la construcción de estas casas. Significa que ésta, con un habitar que ha sido, hace ver cómo este habitar fue capaz de construir.
Pero el habitar es el rasgo fundamental del ser según el cual son los mortales. Tal vez este intento de meditar en pos del habitar y el construir puede arrojar un poco más de luz sobre el hecho de que el construir pertenece al habitar y, sobre todo, sobre el modo en que el construir recibe su esencia del habitar. Se habría ganado bastante si habitar y construir entraran en lo que es digno de ser preguntado y de este modo quedaran como algo que es digno de ser pensado.
Sin embargo, el hecho de que el pensar mismo pertenezca al habitar — en el mismo sentido que el construir, pero de otra manera — es algo de lo que puede dar testimonio el sendero del pensar intentado aquí.
Construir y pensar, cada uno a su manera, son siempre ineludibles para el habitar. Pero al mismo tiempo serán insuficientes para el habitar mientras cada uno lleve lo suyo por separado en lugar de escucharse el uno al otro. Serán capaces de esto si ambos, construir y pensar, pertenecen al habitar, permanecen en sus propios límites y saben que tanto el uno como el otro vienen del taller de una larga experiencia y de un incesante ejercicio.
Intentamos meditar buscando la esencia del habitar. El siguiente paso sería la pregunta: ¿qué pasa con el habitar en ese tiempo nuestro que tanto da para pensar? Se habla por todas partes, y con razón, de la carencia de viviendas. No sólo se habla, se ponen los medios para remediarla. Se intenta evitar esta penuria haciendo viviendas, fomentando la construcción de viviendas, planificando toda la industria y el negocio de la construcción.
Pero, por muy dura y amarga, por muy embarazosa y amenazadora que sea la carencia de viviendas, la auténtica penuria del habitar no consiste en primer lugar en la falta de viviendas. La auténtica penuria de viviendas es más antigua que las guerras mundiales y las destrucciones. Más antigua aún que el crecimiento demográfico sobre la tierra y que la situación de los obreros de la industria. La auténtica penuria del habitar residen en el hecho de que los mortales primero tienen que volver a buscar la esencia del habitar; de que tienen que aprender primero a habitar.
¿Qué pasaría si la falta de suelo natal del hombre consistiera en que el hombre no considera aún la propia penuria del morar como una penuria? Sin embargo, en el momento en que el hombre considera la falta de suelo natal, ya no hay más miseria. La falta de una patria es, pensándolo bien y teniéndolo bien en cuenta, la única exhortación que llama a los mortales al habitar.
Pero ¿de qué otro modo pueden los mortales corresponder a esta exhortación si no es intentando por su parte, desde ellos mismos, llevar el habitar a la plenitud de su esencia? Llevarán a cabo esto cuando construyan desde el habitar y piensen para el habitar.
1)- En el alemán actual, "wohnen" significa habitar; "Wohnung" es vivienda. (N. del T.)
2)- En inglés actual "thing" significa, efectivamente: "cosa" (N. del T.)
3)- Huis. En el alemán actual "Haus" significa "casa". (N. del T.)
4)- hervorbringen = hacer surgir, hacer aparecer. (N. del T.)
martes, 16 de agosto de 2011
Materiales Clase de Técnicas de Representación 1 para el viernes 19 de agosto:
- Lapices (HB, 2B, 4B, 6B, 8B)
- Lapices de colores
- Medio pliego de papel bond.
- Medio pliego de papel periodico.
- Bitácora (aunque se sobre-entiende que la bitácora debe estar siempre... o por lo menos siempre que tengamos clase de Técnicas)
- Lapices (HB, 2B, 4B, 6B, 8B)
- Lapices de colores
- Medio pliego de papel bond.
- Medio pliego de papel periodico.
- Bitácora (aunque se sobre-entiende que la bitácora debe estar siempre... o por lo menos siempre que tengamos clase de Técnicas)
lunes, 8 de agosto de 2011
Un signo en el espacio
Situado en la zona exterior de la Vía Láctea, el Sol tarda casi 200 millones de años en cumplir una revolución completa de la Galaxia.
Exacto, es el tiempo que se tarda, nada menos ‑dijo Qfwfq‑, yo una vez al pasar hice un signo en un punto del espacio, a propósito, para poder encontrarlo doscientos millones de años después, cuando pasáramos por allí en la próxima vuelta. ¿Un signo cómo? Es difícil decirlo, porque si uno dice signo, ustedes piensan en seguida en algo que se distingue de algo, y allí no había nada que se distinguiese de nada; ustedes piensan en seguida en un signo marcado con cualquier instrumento o con las manos, instrumento o manos que después se quitan y en cambio el signo queda, pero en aquel tiempo no había instrumentos todavía, ni siquiera manos, ni dientes, ni narices, cosas todas que hubo luego, pero mucho tiempo después. Qué forma dar al signo, ustedes dicen que no es un problema, cualquiera que sea su forma, un signo basta que sirva de signo, es decir que sea distinto o igual a otros signos; también esto es fácil decirlo, pero yo en aquella época no tenía ejemplos a que remitirme para decir lo hago igual o diferente; cosas para copiar no había, y ni siquiera se sabía qué era una línea, recta o curva, o un punto, o una saliencia, o una entrada. Tenía intención de hacer un signo, eso sí, es decir, tenía intención de considerar signo cualquier cosa que me diera por hacer; así, habiendo hecho yo, en aquel punto del espacio y no en otro, algo con propósito de hacer un signo, resultó que había hecho un signo de veras.
En fin, por ser el primer signo que se hacía en el universo, o por lo menos en el circuito de la Vía Láctea, debo decir que salió muy bien. ¿Visible? Sí, muy bien, ¿y quién tenía ojos para ver, en aquellos tiempos? Nada había sido jamás visto por nada, ni siquiera se planteaba la cuestión. Que fuera reconocible con riesgo de equivocarse, eso sí, debido a que todos los otros puntos del espacio eran iguales e indistinguibles, y en cambio éste tenía el signo.
Así, prosiguiendo los planetas su giro y el Sistema Solar el suyo, pronto dejé el signo a mis espaldas, separados por campos interminables de espacio. Y yo no podía dejar de pensar cuándo volvería a encontrarlo, y cómo lo reconocería, y el placer que me daría, en aquella extensión anónima, después de cien mil años‑luz recorridos sin tropezar con nada que me fuese familiar, nada por cientos de siglos, por miles de milenios, volver y que allí estuviera, en su lugar, tal como lo había dejado, mondo y lirondo, pero con aquel sello ‑digamos‑ inconfundible que yo le había dado.
Lentamente la Vía Láctea se volvía sobre sí misma con sus flecos de constelaciones y de planetas y de nubes, y el Sol, junto con el resto, hacia el borde. En todo aquel carrusel sólo el signo estaba quieto, en un punto cualquiera, al reparo de cualquier órbita (para hacerlo me había asomado un poco a los márgenes de la Galaxia, de manera que quedase fuera y el girar de todos aquellos mundos no se le fuese encima), en un punto cualquiera que ya no era cualquiera desde el momento que era el único punto que seguramente estaba allí, y en relación con el cual podían definirse los otros puntos.
Pensaba en él día y noche; es más, no podía pensar en otra cosa; es decir, era la primera ocasión que tenía de pensar en algo; o mejor, pensar en algo nunca había sido posible, primero porque faltaban cosas en qué pensar, y segundo porque faltaban los signos para pensarlas, pero desde el momento que había aquel signo, aparecía la posibilidad de que el que pensase, pensara en un signo, y por lo tanto en aquél, en el sentido de que el signo era la cosa que se podía pensar y el signo de la cosa pensada, o sea de sí mismo.
Por lo tanto la situación era ésta: el signo servía para señalar un punto, pero al mismo tiempo señalaba que allí había un signo, cosa todavía más importante porque puntos había muchos mientras que signos sólo había aquél, y al mismo tiempo el signo era mi signo, el signo de mí, porque era el único signo que yo jamás hubiera hecho y yo era el único que jamás hubiera hecho signos. Era como un nombre, el nombre de aquel punto, y también mi nombre que yo había signado en aquel mundo, en fin, el único nombre disponible para todo lo que reclamaba un nombre.
Transportado por los flancos de la Galaxia nuestro mundo navegaba más allá de espacios lejanísimos, y el signo estaba donde lo había dejado signando aquel punto, y al mismo tiempo me signaba, me lo llevaba conmigo, me habitaba enteramente, se entrometía entre yo y toda cosa con la que podía intentar una relación. Mientras esperaba volver a encontrarlo, podía tratar de derivar de él otros signos y combinaciones de signos, series de signos iguales y contraposiciones de signos diversos. Pero habían pasado ya decenas y decenas de millares de milenios desde el momento en que lo trazara (más todavía: desde los pocos segundos en que lo lanzaraa al continuo movimiento de la Vía Láctea) y justo ahora que necesitaba tenerlo presente en todos sus detalles (la mínima incertidumbre acerca de cómo era, volvía inciertas las posibles distinciones respecto a otros signos eventuales), me di cuenta de que, a pesar de tenerlo presente en su perfil sumario, en su apariencia general, algo se me escapaba, en fin, si trataba de descomponerlo en sus varios elementos no recordaba si entre uno y otro había esto o aquello. Hubiera debido tenerlo allí delante, estudiarlo, consultarlo, y en cambio estaba lejos, todavía no sabía cuánto porque lo había hecho justamente para saber el tiempo que tardaría en encontrarlo, y mientras no lo hubiese encontrado no lo sabría. Pero entonces lo que me importaba no era el motivo por el que lo había hecho, sino cómo era, y me puse a elaborar hipótesis sobre ese cómo y teorías según las cuales un signo determinado debía ser necesariamente de una manera determinada, o procediendo por exclusión trataba de eliminar todos los tipos de signos menos probables para llegar al justo, pero todos esos signos imaginarios se desvanecían con una labilidad incontenible porque no había aquel primer signo que sirviera de término de comparación. En este cavilar (mientras la Galaxia seguía dando vueltas insomne en su lecho de mullido vacío, como movida por el prurito de todos los mundos y los átomos que se encendían e irradiaban) comprendí que había perdido también aquella confusa noción de mi signo, y sólo conseguía concebir fragmentos de signos intercambiables entre sí, esto es, signos internos del signo, y cada cambio de esos signos en el interior del signo cambiaba el signo en un signo completamente distinto, es decir, había olvidado del todo cómo era mi signo y no había manera de hacérmelo recordar.
¿Me desesperé? No, el olvido era fastidioso pero no irremediable. Dondequiera que fuese, sabía que el signo estaba esperándome, quieto y callado. Llegaría, lo encontraría y podría reanudar el hilo de mis razonamientos. A ojo de buen cubero, habríamos llegado ya a la mitad del recorrido de nuestra revolución galáctica; era cosa de paciencia, la segunda mitad da siempre la impresión de pasar más rápido. Ahora no debía pensar sino en que el signo estaba y en que yo volvería a pasar por allí.
Pasaron los días, ahora debía de estar cerca. Temblaba de impaciencia porque podía toparme con el signo en cualquier momento. Estaba aquí, no, un poco más allá, ahora cuento hasta cien... ¿Y si no estuviera más? ¿Si lo hubiera pasado? Nada. Mi signo quién sabe dónde había quedado, atrás, completamente a trasmano de la órbita de revolución de nuestro sistema. No había contado con las oscilaciones a las que, sobre todo en aquellos tiempos, estaban sujetas las fuerzas de gravedad de los cuerpos celestes y que les hacían dibujar órbitas irregulares y quebradas como flores de dalia. Durante un centenar de milenios me quemé las pestañas rehaciendo mis cálculos; resultó que nuestro recorrido tocaba aquel punto no cada año galáctico sino solamente cada tres, es decir, cada seiscientos millones de años solares. El que ha esperado doscientos millones de años puede esperar seiscientos; y yo esperé; el camino era largo, pero no tenía que hacerlo a pie; en ancas de la Galaxia recorría los años‑luz caracoleando en las órbitas planetarias y estelares como en la grupa de un caballo cuyos cascos salpicaban centellas; mi estado de exaltación era cada vez mayor; me parecía que avanzaba a la conquista de aquello que era lo único que contaba para mí, signo y reino y nombre...
Di la segunda vuelta, la tercera. Había llegado. Lancé un grito. En un punto que debía ser justo aquel punto, en el lugar de mi signo había un borrón informe, una raspadura del espacio mellada y machucada. Había perdido todo: el signo, el punto, eso que hacía que yo ‑siendo el de aquel signo en aquel punto‑ fuera yo. El espacio, sin signo, se había convertido en un abismo de vacío sin principio ni fin, nauseante, en el cual todo ‑incluso yo‑ se perdía. (Y no vengan a decirme que para señalar un punto, mi signo o la tachadura de mi signo daban exactamente lo mismo: la tachadura era la negación del signo, y por lo tanto no señalaba, es decir, no servía para destinguir un punto de los puntos precedentes y siguientes.)
Me ganó el desaliento y me dejé arrastrar durante muchos años‑luz como insensible. Cuando finalmente alcé los ojos (entre tanto la vista había empezado en nuestro mundo, y por consiguiente también la vida), cuando alcé los ojos vi aquello que nunca hubiera esperado ver. Vi el signo, pero no aquél, un signo semejante, un signo indudablemente copiado del mío, pero que se veía en seguida que no podía ser mío por lo grosero y descuidado y torpemente pretencioso, una ruin falsificación de lo que yo había pretendido señalar con aquel signo y cuya indecible pureza sólo ahora lograba por contraste evocar. ¿Quién me había jugado esa mala pasada? No conseguía explicármelo. Finalmente, una plurimilenaria cadena de inducciones me llevó a la solución: en otro sistema planetario que cumplía su revolución galáctica delante de nosotros precediéndonos, había un tal Kgwgk (el nombre fue deducido posteriormente, en la época más tardía de los nombres), un tipo despechado y carcomido por la envidia que en un impulso vandálico había borrado mi signo y después se había puesto con descarado artificio a tratar de marcar otro.
Era claro que aquel signo no tenía nada que señalar como no fuera la intención de Kgwgk de imitar mi signo, por lo cual no se trataba siquiera de compararlos. Pero en aquel momento el deseo de no ceder al rival fue en mí más fuerte que cualquier otra consideración: quise en seguida trazar un nuevo signo en el espacio que fuera un verdadero signo e hiciese morir de envidia a Kgwgk. Hacía casi setecientos millones de años que no intentaba hacer un signo, después del primero; me apliqué con empeño. Pero ahora las cosas eran distintas, porque el mundo, como les he explicado, estaba empezando a dar una imagen de sí mismo, y en cada cosa a la función comenzaba a corresponder una forma, y se creía que las formas de entonces tendrían un largo porvenir por delante (en cambio no era cierto: vean ‑para citar un caso relativamente reciente‑ los dinosaurios), y por lo tanto en este nuevo signo mío era perceptible la influencia de la manera en que por entonces se veían las cosas, llamémosle el estilo, ese modo especial que tenía cada cosa de estar ahí de cierto modo. Debo decir que quedé realmente satisfecho, y ya no se me ocurría lamentar aquel primer signo borrado, porque éste me parecía infinitamente más hermoso.
Pero durante aquel año galáctico empezamos a comprender que hasta aquel momento las formas del mundo habían sido provisionales y que irían cambiando una por una. Y esta conciencia iba acompañada de un hartazgo tal de las viejas imágenes que no se podía soportar siquiera su recuerdo. Y empezó a atormentarme un pensamiento: había dejado aquel signo en el espacio, aquel signo que me había parecido tan hermoso y original y adecuado a su función, que ahora se presentaba a mi memoria en toda su jactancia fuera de lugar, como signo ante todo de un modo anticuado de concebir los signos, y de mi necia complicidad con una disposición de las cosas de la que hubiera debido saber separarme a tiempo. En una palabra, me avergonzaba de aquel signo que los mundos en vuelo seguían costeando durante siglos, dando un ridículo espectáculo de sí mismo y de mí y de aquel modo nuestro provisional de ver. Me subían ondas de rubor cuando lo recordaba (y lo recordaba continuamente), que duraban eras geológicas enteras; para esconder mi vergüenza me hundía en los cráteres de los volcanes, clavaba los dientes de remordimiento en las calotas de los glaciares que cubrían los continentes. Me carcomía pensando que Kgwgk, precediéndome siempre en el periplo de la Vía Láaea, vería el signo antes de que yo pudiese borrarlo, y como era un patán se burlaría de mí y me remedaría, repitiendo por desprecio el signo en torpes caricaturas en cada rincón de la esfera circungaláctica.
En cambio esta vez la complicada relojería astral me fue propicia. La constelación de Kgwgk no encontró el signo, mientras nuestro sistema solar volvió a caerle encima puntualmente al término del primer giro, tan cerca que pude borrar todo con el mayor cuidado.
Ahora signos míos en el espacio no había ni uno. Podía ponerme a trazar otro, pero en adelante sabía que los signos sirven también para juzgar a quien los traza y que en un año galáctico los gustos y las ideas tienen tiempo de cambiar, y el modo de considerar los de antes depende del que viene después, en fin, tenía miedo de que lo que podía parecerme ahora signo perfecto, dentro de doscientos o seiscientos millones de años me hiciera hacer mal papel. En cambio, en mi añoranza, el primer signo vandálicamente borrado por Kgwgk seguía siendo inatacable por la mudanza de los tiempos, pues había nacido antes de todo comienzo de las formas y contenía algo que sobreviviría a todas las forrnas, es decir, el hecho de ser un signo y nada más.
Hacer signos que no fueran aquel signo no tenía interés para mí; y aquel signo lo había olvidado hacía millares de millones de años. Por eso, como no podía hacer verdaderos signos, pero quería de algún modo fastidiar a Kgwgk, me puse a trazar signos fingidos, muescas en el espacio, agujeros, manchas, engañifas que sólo un incompetente como Kgwgk podía tomar por signos. Y, sin embargo, él se empecinaba en hacerlos desaparecer borrándolos (como comprobaba yo en los giros subsiguientes) con un empeño que debía de darle buen trabajo. (Entonces yo sembraba esos signos fingidos en el espacio para ver hasta dónde llegaba su necedad.)
Pero observando esos borrones un giro tras otro (las revoluciones de la Galaxia se habían convertido para mí en un navegar indolente y aburrido, sin finalidad ni expectativa), me di cuenta de una cosa: con el paso de los años galácticos tendían a desteñirse en el espacio, y debajo reaparecía el que había marcado yo en aquel punto, como decía, mi falso signo. El abrimiento, lejos de desagradarme, reavivó mis esperanzas. ¡Si los borrones de Kgwgk se borraban, el primero que había hecho en aquel punto debía de haber desaparecido ya y mi signo habría recobrado su primitiva evidencia!
Así la expectativa devolvió el ansia a mis días. La Galaxia se daba vuelta como una tortilla en su sartén inflamada, ella misma sartén chirriante y dorada fritura; y yo me freía con ella de impaciencia.
Pero con el paso de los años galácticos el espacio ya no era aquella extensión uniformemente despojada y enjalbegada. La idea de marcar con signos los puntos por donde pasábamos, así como se nos había ocurndo a mí y a Kgwgk, la habían tenido muchos, dispersos en millones de planetas de otros sistemas solares, y continuamente tropezaba con una de esas cosas, o con un par, o directamente con una docena, simples garabatos bidimensionales, o bien sólidos de tres dimensiones (por ejemplo, poliedros) y hasta cosas hechas con más cuidado, con la cuarta dimensión y todo. ¡El caso es que llego al punto de mi signo y me encuentro cinco, todos allí! Y el mío no soy capaz de reconocerlo. Es éste, no, es este otro, pero vamos, éste tiene un aire demasiado moderno y, sin embargo, podría ser también el más antiguo, aquí no reconozco mi mano, como si pudiera ocurrírseme hacerlo así... Y entre tanto la Galaba se deslizaba en el espacio y dejaba tras sí signos viejos y signos nuevos y yo no había encontrado el mío.
No exagero si digo que los siguientes años galácticos fueron los peores que viví jamás. Seguía buscando, y en el espacio se espesaban los signos, en todos los mundos el que tuviera la posibilidad no dejaba ya de marcar su huella en el espacio de alguna manera, y nuestro mundo, pues, cada vez que me volvía a mirarlo, lo encontraba más atestado, tanto que mundo y espacio parecían uno el espejo del otro, uno y otro prolijamente historiados de jeroglíficos e ideogramas, cada uno de los cuales podía ser un signo y no serlo: una concreción calcárea en el basalto, una cresta levantada por el viento en la arena cuajada del desierto, la disposición de los ojos en las plumas del pavo real (poco a poco de vivir entre los signos se había llegado a ver como signos las innumerables cosas que antes estaban allí sin signar nada más que su propia presencia, se las había transformado en el signo de sí mismas y sumado a la serie de signos hechos a propósito por quien quería hacer un signo), las estrías del fuego en una pared de roca esquistosa, la cuadragesimovigesimoséptima acanaladura ‑un poco oblicua‑ de la cornisa del frontón de un mausoleo, una secuencia de estriaduras en un video durante una tormenta magnética (la serie de signos se multiplicaba en la serie de los signos de signos, de signos repetidos innumerables veces siempre iguales y siempre en cierto modo diferentes porque el signo hecho a propósito se sumaba al signo advenido allí por casualidad), la patita mal entintada de la letra R que en un ejemplar de un diario de la tarde se encontraba con una escoria filamentosa del papel, uno de los ochocientos mil desconchados de una pared alquitranada en un callejón entre los docks de Melbourne, la curva de una estadística, una frenada en el asfalto, un cromosoma... Cada tanto, un sobresalto: ¡Es aquél! Y por un segundo estaba seguro de haber encontrado mi signo, en la tierra o en el espacio, daba lo mismo, porque a través de los signos se había establecido una continuidad sin límite definido.
En el universo ya no había un continente y un contenido, sino sólo un espesor general de signos superpuestos y aglutinados que ocupaba todo el volumen del espacio, era una salpicadura continua, menudísima, una retícula de líneas y arañazos y relieves y cortaduras, el universo estaba garabateado en todas partes, a lo largo de todas las dimensiones. No había ya modo de establecer un punto de referencia: la Galaxia continuaba dando vueltas, pero yo ya no conseguía contar los giros, cualquier punto podía ser el de partida, cualquier signo sobrepuesto a los otros podía ser el mío, pero descubrirlo no hubiese servido de nada, tan claro era que independientemente de los signos el espacio no existía y quizá no había existido nunca.
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